jueves, 15 de mayo de 2008

Muere el Rey del Pop. ¿Michael Jackson? No. Robert Rauschenberg.

“I really feel sorry for people who think things like soap dishes or mirrors or Coke bottles are ugly, because they’re surrounded by things like that all day long, and it must make them miserable.”

Su obituario en el New York Times lo cataloga como artista de transición. Como un puente entre los amantes de jazz alcohólicos del expresionismo abstracto y los rockanroleros irónicos del pop art. Se le da el mismo trato que a Giotto en los libros de historia del arte, quien es visto como tardomedieval, flotando entre la peste negra y el descubrimiento de América.

Sin embargo, como hay quienes consideran a Giotto como el primer renacentista, habemos quienes consideramos a Rauschenberg como el primer artista pop. Antes que Warhol se hiciera de fama, él ya explotaba los materiales decorativos y utilitarios de nuestras vidas cotidianas y los transformaba en obras artísticas. Encontraba la belleza en lo común y corriente. Le gustaba jugar con los conceptos de bidimensionalidad y tridimensionalidad, de pintura y escultura, con sus camas sangrientas y cabras disecadas saliendo de los lienzos, mucho antes de que se creara un término para las piezas multidisciplinarias. Cuando las casas dentro de edificios de Kurt Schwitters no eran más que merz. Cuando todo aquello, grande y pequeño, con lo que nos pudiéramos tropezar en la galería aún no se llamaba “instalación”.

En sus trabajos de serigrafía, así como Warhol, destacaba lo llamativo en los eventos y personajes que veíamos en los noticieros y en la prensa y a quienes llamábamos por sus nombres de pila. Aquellos que el canoso neoyorkino habría después ignorado. John F. Kennedy en lugar de Jackie O, la Venus de Rubens en lugar de Marilyn Monroe, los viajes espaciales en lugar de las sillas eléctricas.

Se le dio cobertura sensacionalista a su batalla legal contra Robert Fontaine por haber esculcado entre su basura y haberla tomado y vendido como propia. Un giro bastante kármico del destino, considerando que el propio texano comenzó su portafolio con chatarra que se encontraba en las calles de Nueva York. Se había programado vender una de sus serigrabados, Overdrive, para una subasta de Sotheby’s efectuada un día después de su deceso, lloviera, tronara o relampagueara. Pese a especulaciones sobre un posible e infladísimo precio record como consecuencia del famoso y redituable “mito del artista muerto”, apenas alcanzó el máximo de 15 millones de dólares que se había estimado tiempo previo al fallecimiento de su autor, pero siendo como quiera la obra más cara de Rauschenberg en la subasta con mayores ingresos en la historia de la institución, donde las superestrellas vivientes fueron los japoneses Takashi Murakami y Yoshitomo Nara. La actitud del mundo de las artes hacia la figura y obra de Rauschenberg en sus últimos días fue de animales de carroña alrededor de un moribundo que está inconsciente de su inminente partida mientras que quienes vuelan sobre su cabeza ya no pueden esperar.

Lo único más precioso que tener la primera noticia es tener la última noticia.

1 comentario:

cato dijo...

rauschenberg = hot
lo de la basura se me hizo muy rofl
pero pues en el mundo que vivimos hoy... even shit is art!

also... yoshitomo nara es amor con sus niños asesinos